Durante cinco años, cuatro escuelas y un jardín infantil de Liquiñe han desarrollado un innovador programa de educación ambiental que conecta el aprendizaje escolar con el territorio, fortaleciendo la identidad mapuche y el compromiso con la naturaleza. Hoy su mayor desafío es asegurar su financiamiento permanente.
En el corazón de la cordillera de la región de Los Ríos, en medio de bosques, ríos y centros termales 130 niños y niñas de cuatro escuelas rurales y un jardín infantil participan en un programa de educación ambiental en el sur de Chile. Nacido desde la propia comunidad hace cinco años y gestionado localmente, el programa busca que los estudiantes aprendan sobre su entorno, el valor del agua y la importancia del bosque nativo para la provisión de agua, integrando estos aprendizajes al currículo escolar.
“Comenzamos como una actividad extraprogramática, pero hoy es parte del corazón pedagógico de las escuelas. Los niños aprenden matemáticas contando semillas germinadas o cosechando en los invernaderos. Aprenden ciencia, lengua y cultura desde su propio territorio”, explica Yohanna Foitzick, coordinadora local de la experiencia demostrativa de Liquiñe en el Comité de Agua Potable Rural (CAPR) para el Proyecto GEF Incentivos para la Conservación de la Biodiversidad.
El proyecto, impulsado por el CAPR de Liquiñe y la propia comunidad escolar, no se ha institucionalizado en políticas ministeriales ni de un plan estatal. Por eso, su continuidad ha dependido año a año de la obtención de nuevos fondos. “El gran desafío hoy es que las instituciones comprendan que esto no puede depender de proyectos cortos. Necesitamos un financiamiento estable, porque ya demostramos que funciona, que genera aprendizajes reales y sentido de pertenencia”, enfatiza Yohanna.
Aprender desde la tierra
Los invernaderos escolares son un componente esencial de la experiencia. En ellos, los estudiantes cultivan hortalizas, flores y árboles nativos que luego utilizan en las comidas del establecimiento o en procesos de restauración en sus mismas escuelas. “Cuando los niños cosechan la lechuga que sembraron y la llevan a la cocina, entienden que la tierra da alimento, que cuidar el suelo y el agua tiene un sentido”, agrega la coordinadora.
Una figura clave en este proceso ha sido Cristina Neihual, facilitadora educativa ambiental, quien aporta una mirada intercultural al trabajo con los estudiantes. “Cristina conecta la educación ambiental con la cosmovisión mapuche. No solo enseñamos desde lo científico, sino desde el respeto y la espiritualidad del territorio”, destaca Yohanna.
La participación de Cristina ha permitido incorporar valores ancestrales al aula: el respeto por la biodiversidad, el cuidado del agua y la noción de que ellos son herederos y protectores de la tierra. “Es fundamental para el programa de educación ambiental, que los niños y niñas se den cuenta del valor que tiene el territorio en cuanto a la biodiversidad, que para tener agua debemos proteger el bosque y más adelante, cuando ellos deban tomar decisiones, cuando ellos sean los dirigentes sociales, o las autoridades, lo hagan con el mayor conocimiento posible” señala Yohanna.
Transformar el futuro desde la escuela
Las clases y jornadas de educación ambiental se desarrollan una o dos veces al mes, guiadas por Verónica Rojas, educadora ambiental y Cristina Neihual desde el CAPR más los docentes de cada establecimiento. “En cada escuela hay un profesor o profesora coordinador, que participa en la planificación y en los encuentros docentes. Así aseguramos que el programa dialogue con el currículo y apoye también la labor de los maestros, que en zonas rurales suelen tener múltiples funciones porque hay escuelas unidocentes”, explica Yohanna.
El impacto se extiende más allá del aula. Los niños llevan los aprendizajes a sus hogares y generan cambios en sus familias. “Si un papá va a cortar un árbol a la orilla de un estero, su hijo o hija le dice: papá, mejor no, ese árbol da sombra y agua, mejor busquemos otro, y debemos plantar dos. Esos pequeños gestos son los que cambian el futuro”, agrega emocionada. Cada noviembre, las escuelas celebran un encuentro ambiental donde los estudiantes comparten sus experiencias, cultivos y proyectos. Este 26 de noviembre se realizará la quinta edición, ocasión en que la comunidad espera visibilizar los logros y hacer un llamado a las autoridades regionales y nacionales.
“El Estado, las instituciones y las comunidades debemos trabajar juntos. Este modelo ha probado que se puede educar cuidando el territorio, desde la raíz. Lo único que falta es el compromiso de asegurar su continuidad en el tiempo”, señala Yohanna.
Restaurar el bosque, restaurar el agua
El trabajo de educación ambiental se ha convertido también en una respuesta comunitaria frente a los efectos de la tala indiscriminada del bosque nativo que afectó con fuerza a la zona hace algunos años. Esa experiencia dejó en evidencia la fragilidad de las fuentes de agua y la necesidad de cuidar los ecosistemas donde nacen los ríos. Por eso, además de formar a las nuevas generaciones, el programa ha impulsado un proceso de restauración del bosque nativo y búsqueda de un modelo de retribución ambiental que permita sostener las acciones en el tiempo.
“Liquiñe tiene un potencial enorme: es un centro termal con una belleza escénica especial y una riqueza natural que atrae a visitantes de todo el país”, explica Yohanna. “Pero entendemos que esa belleza solo se puede conservar si cuidamos el bosque y el agua. Por eso trabajamos en un modelo de turismo sustentable y en acuerdos con propietarios que han destinado parte de sus terrenos para restaurar el bosque nativo. Muchos de ellos antes vivían de la tala, y hoy se están reconvirtiendo hacia el senderismo o el turismo de naturaleza. Es un cambio profundo en la forma de entender el territorio”.
La restauración se centra en Liquiñe Alto, donde nace gran parte del agua que abastece no solo a la comunidad, sino también a otras localidades río abajo, incluso hasta Valdivia. Allí, el vivero comunitario creado con apoyo del Proyecto GEF Incentivos para la Conservación de la Biodiversidad va a reproducir especies nativas y se transformara en un espacio de aprendizaje y colaboración.
El Proyecto GEF Incentivos para la Conservación de la Biodiversidad es ejecutado por el Ministerio del Medio Ambiente, e implementado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), con financiamiento del Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF por su sigla en inglés). Su objetivo es mejorar el financiamiento nacional para la conservación de la biodiversidad y los servicios ecosistémicos a través del diseño, la implementación y optimización de instrumentos económicos que fortalezcan las finanzas públicas e incentiven la contribución del sector privado al mantenimiento y recuperación de los ecosistemas.